
El brainstorming del teatro

Itinerar, comprometerse, entremezclarse, comer, beber, gozar, pensar. Por ahí, y por otras tantas rutas de la acción y el pensamiento, va el FESTIM. Es decir, el Festival Latinoamericano de Teatro y Experiencias Inmersivas nacido en Mendoza, que en su segunda edición y bajo la tutela atenta de Santiago Silva y de la artista chilena Valentina Lippi (directora del elenco La Ropa Sucia, que fue parte de la primera edición), obsequió cuatro espectáculos muy disímiles y varias actividades de formación, además de desmontajes. También, inauguró un “semáforo”. Sí, un indicador referencial en torno del grado de participación que la obra sugiere al espectador: rojo para el teatro inmersivo, amarillo para la experiencia inmersiva, verde para el teatro participativo/interactivo.
Si bien todo espectador regula o censura sus intervenciones de acuerdo con su parecer (de hecho, se puede negar a todo y permanecer expectante), y el artista calibra su performance “previendo imponderables” (valga la expresión) para no atentar contra la concepción y el objetivo original de la propuesta (sus reflejos y grado de improvisación apuntan siempre a reencauzar), el semáforo en cuestión no deja de ser útil para una y otra parte. También para quien evalúa los espectáculos, como quien suscribe, o para teóricos/académicos amantes de las categorizaciones.
Primera inmersión. Este segundo FESTIM trajo consigo la posibilidad de recuperar una obra que hace una década tuvo una primera versión en Mendoza, muy distinta a la vista ahora. Hablamos de Museo Medea (semáforo verde), de Guillermo Katz, María José Medina y Guadalupe Valenzuela. A cargo de Contramano Teatro, la propuesta es una invitación a internarse en el devastado corazón de Medea y en el palacio de la soledad en el que se ha transformado su casa, a raíz del abandono de su esposo. Como invitación puede ser triste, es cierto. Pero el resultado es muy atractivo y, por momentos, muy divertido.

En el singular y acogedor Espacio Tiempo es Arte, en pleno Bombal, nos recibe Flavia, la empleada doméstica de Medea. Como previa a lo que se avecina como inquietante, nos convida té y bizcochos, nos da charla, nos entusiasma mientras se disculpa por sus pocas dotes de actriz, aunque asegura estar tomando algunas clases con “la señora”. Flavia es Eugenia Videla y si algo sabe es actuar (dato: participó en el mismo rol en aquella primera puesta). Simpática, pícara o tímida, según venga al caso, la actriz demuestra habilidad a la hora de aflojar al público, evita lo invasivo, y se luce como guía mientras nos adentramos en la profundidad del “hogar”. Parodia el estereotipo de la sirvienta y activa su modo sumiso ni bien surge la imagen de su ama, interpretada con autoridad por Agustina “China” González Mallea. Una mujer arrolladora -como la actuación misma- cuya sed de venganza es tan indisimulable como su pena infinita.
El tamiz contemporáneo por el que se ha pasado a la tragedia griega hasta transformarla en un melodrama farsesco o en una farsa melodramática, deja en esta puesta un saldo por demás positivo y motivos varios para reflexionar. Por empezar, ¿es la señora una Medea actual o una actriz que representa a Medea, de acuerdo con lo antedicho por su empleada? ¿Es, entonces, una actriz que hace de una actriz que hace de Medea? Los límites se empiezan a confundir, o nunca están del todo claros, gracias a los giros tragicómicos con los que González Mallea va aderezando el espectáculo y su hábil comunicación con el público. Va del desgarro enorme a lo festivo de un cumple patético. De la actuación pura al simulacro que nos envuelve a todos, bailando pese a la desgracia. Del vestido peplo, suelto, resabio griego de un rojo que quema, a un modelo actual, negro y estrecho, ya no con un hombro desnudo, sino con los dos.
La obra activa varios recursos que se acoplan bien a ese espíritu ambiguo, tomando aspectos de la realidad inmediata para incorporarlos a la ficción. Ironías sobre el arte contemporáneo (frente a una artista que expone en el mismo espacio), manipulación de la banda sonora desde el celular de la propia Medea, intervención de los gatos del lugar casi como si conociesen la trama, realización de un retrato del esposo fugitivo, humor negro y corrosivo, cambio de vestuario en vivo propiciando un juego voyeurista con el espectador, son todas acciones y características que dan vitalidad al espectáculo y una confianza al público para sentirse bien incluido y parte del asunto.
En ese marco, ama y esclava se han transformado en piezas de museo, según aquella vieja idea en torno de los museos: depósitos de cosas muertas. Estamos frente a dos mujeres sin vida que, paradójicamente, generan un espectáculo muy vivaz. Se exhiben como tesoros derruidos, ponen en venta sus ropas y sueñan con una improbable marcha atrás. La dirección -compartida por el resto de Contramano: Martín Ferreyra, Augusto Beningazza y Carolina Balastegui- garantiza que todo se salga del cauce a condición de que regrese al mismo para rematar con algo impensado y al mismo tiempo verosímil en ese contexto.
Segunda inmersión. El elenco Impacto Sensorial, dirigido por Santiago Silva y Lucas La Rosa, se apropió de una casona del 900 (bautizada Eviterna, en Jesús Nazareno, Guaymallén) para montar su lúdica La luna en el agua (semáforo rojo). El grupo ya había calentado el lugar con algunas pocas y convocantes funciones de este peculiar… “thriller sensible”, por arriesgar una etiqueta, que plantea seis escenas en otros tantos ambientes, que desarrollan historias vinculadas con el amor, el deseo, los recuerdos, el olvido, la venganza y otros tópicos que juntos terminan conformando un cóctel agridulce pero siempre muy humano.

Lo interesante del caso es que el azar, lo aleatorio, gravita desde el arranque. Si bien se trata de un espectáculo itinerante desde el momento en que el espectador comienza a vivirlo, no hay un itinerario prefijado. El público puede arrancar por cualquier historia y continuar por cualquier otra hasta cumplir con las seis. Y, por otro lado, no hace falta conservar la pertenencia a un grupo; es decir, con cada cambio de sala, pueden cambiar también los compañeros de aventuras. Este juego de variaciones enriquece el espectáculo, que cuando ya va por la tercera o cuarta escena pone en evidencia muy sutilmente el hilo que relaciona a estas historias a priori independientes y desconectadas.
De ese modo, la convivencia entre espectadores se vuelve intrigante, sospechosa. Porque todos manejan datos parciales de una supuesta historia mayor, datos que, puestos sobre la mesa y en diálogo con los actores, hace pensar en otros posibles intérpretes, esta vez infiltrados. Los cruces en el hall central, donde previamente mandaron las empanadas y el vino, permiten algo de intercambio verbal y refuerzan la idea del tránsito, como también de cierto congestionamiento emocional.
Si bien falta aceitar la dinámica entre escenas -que se supone ocurrirá con el paso de las funciones- el interés no se pierde porque, en mayor o menor medida, cada planteo remueve algún aspecto de nuestra naturaleza, de nuestra memoria, de nuestra menor o mayor inteligencia. Hay objetos añosos que nos disparan recuerdos, situaciones familiares que resuenan. O el eco de alguna crónica de Crónica, valga la redundancia. Una escena, por ejemplo, apunta a la burocracia pública. Ofrece al espectador un particular trámite. Su logro está en quedar parada entre lo utópico y lo distópico.
El espacio en sí aporta y mucho en la línea de aquellas películas de suspenso que reúnen personajes en una vieja mansión enclavada en un gran parque, para detonar alguna sospecha que finalmente recae sobre todos. El fino intertexto literario y cinematográfico hace contrapunto con la parodia obvia de los más nefastos formatos digitales; y la madurez y la infancia se presentan como conectores de la evocación y de las causas perdidas, así como de lo insatisfecho. O, de las últimas voluntades.
El elenco, en su mayoría muy joven y aunque desnivelado, incorpora con suma habilidad las “ocurrencias” de los espectadores y coincide al pasar con credibilidad de situaciones triviales a confesiones desgarradoras. Son de la partida Juana Rivadineira, Camila Vitoloni, Keko Barrios, Nicolás Peralta, Mercedes Podestá, Lautaro Rivamar Fontana, Carolina Chisari y Sofía Balastegui. Destacan Barrios por el confort emocional que consigue como atmósfera, y Balastegui, quien con su candidez y sutileza implica a los espectadores de una manera eficaz, súper creíble. La producción y técnica de La luna en el agua es de Santiago Funes. Un espectáculo ideal para llegar acompañado y separarse ni bien comienza.
Tercera inmersión. De Córdoba llegó a Mendoza la compañía BiNeural-MonoKultur con una propuesta donde público y objetos co-protagonizan. Su nombre, El estado de las cosas-Objetos en obra (semáforo amarillo), ya nos anticipa no solo presencias, sino también la puesta en acción de éstas. Se trata de un espectáculo en construcción. Una performance participativa e interactiva donde están ausentes los actores y actrices profesionales y en la que textos e indicaciones sugeridas le llegan al espectador vía auriculares para que tome las decisiones por sí mismo. A partir de algunas pautas, se genera una escritura colectiva en vivo que pone en relación a la gente con los objetos y a éstos entre sí, dotándolos de la jerarquía de personajes.
De apariencia, pero también de esencia lúdica, la propuesta es asimismo una reflexión pensada y concreta acerca de nuestra relación con las cosas y en torno de cuánta conciencia tenemos respecto de su paso por la vida. Lo que implica, en consonancia, pensar en nuestra finitud, en nuestro paso.
Sobre el escenario, seis espectadores se sientan alrededor de una mesa redonda plagada de objetos de todo tipo, de pequeño o mediano tamaño. Comunes o exóticos, difieren en la forma, el color, la textura, el aroma, el brillo, el material… Pero fundamentalmente, difieren en el modo que afectan íntimamente al espectador/actor que en definitiva hace de sí mismo y no puede sustraerse de lo que le provocan. Así, afloran recuerdos, deseos, expectativas, nostalgias y, sin querer queriendo, un espectáculo completo del que el resto de los espectadores -los que no se sentaron a la mesa- participan de distintos modos: escribiendo, opinando, abriendo enigmáticas bolsitas…
Esa afectación íntima es el motor de lo que se va logrando, pero también lo es la capacidad de crear, de improvisar sin ser, necesariamente, un artista. La atmósfera de cálida concentración que se produce en escenario y platea tiene que ver con el uso de los auriculares (a donde llegan amables voces), la iluminación suave y acotada en el espacio, y la espontánea confianza que surge entre desconocidos.
El mérito de que todo ello se logre tiene dos nombres fundamentales: la alemana Christina Ruf y el argentino Ariel Dávila. Quienes como BiNeural-MonoKultur vienen trabajando desde hace poco más de veinte años en una línea que cruza lo performático, lo tecnológico y lo científico, montando los resultados en espacios convencionales y no.
Su tarea investigativa ha derivado en múltiples espectáculos (Bailemos, De eso se tenía que hablar, Reconstrucción, La nube, Otra frecuencia y muchos más). Son ellos quienes, con solo un par de palabras al recibir a los espectadores, propician el clima inmersivo y crean de la nada una microcomunidad que al poco tiempo estará repensando su relación con los objetos. O, más aún, se estará deteniendo por vez primera a observarlos a fondo. Y, yendo más allá todavía, a dudar acerca de su ¿indiscutible? falta de vida.
Aunque la afirmación lleve el eco de lo ñoño, El estado de las cosas-Objetos en obra es un espectáculo para atesorar. Posiblemente, quienes participen de la mesa puedan acordar más con esto (aunque habría que sondear a todo el público). El estado… tiene la virtud de disparar al mismo tiempo hacia el corazón, sin ser meloso, y hacia el intelecto, sin ser petulante. Porque, queda demostrado, que la vida está hecha de soberbias frases shakespereanas que, en definitiva, nos hablan de esas pequeñas cosas que nos acompañan sin chistar y (semi spoiler) tarde o temprano nos verán morir.
Cuarta inmersión. En este FESTIM 2, el abordaje queer llegó de la mano de Keko Barrios y su performance interactiva A.N.A. (Artista Nómade Antimonogámico). El espectáculo (semáforo verde) es una reflexión visceral -pero no exenta de humor y calidez- en torno de la autodeterminación. Del cuerpo y de la gestión que cada uno hacemos de él. Del amor y de ese problema en el que nos sumerge el deseo: ¿Cómo tener sin poseer? ¿Cómo perdurar sin rutinar? ¿Cómo soltar sin extrañar? Y otros tantos cómos a los que ni Tinder ni Grindr pueden dar respuesta aún.
Aunque se confiesa nómade, y el espectáculo da muestras bien documentadas de ello, Keko Barrios se nacionalizó transitoriamente mendocino hace unos años e insertó de modo natural e hiperactivo en el panorama teatral local. Su fortaleza está en apelar al teatro físico y la danza, y en sumarle canto y monólogos, para desarrollar, más que historias de estructura clásica, manifiestos semi testimoniales y semi autobiográficos, sobre temáticas LGBTQIA2S+, apuntando a una reflexión en colectivo, buscando la aceptación del otro, sin rozar siquiera la idea o la posición, de una discriminación inversa, lo que permite que cualquier espectador -adulto, eso sí- se sienta cómodo sea cual fuesen sus elecciones y prácticas personales.
Muchos conocimos al performer a partir de uno de sus trabajos más elogiados: Puto. Una potente marcha (artística) del orgullo, sin medias tintas. Ahora, en A.N.A., suerte de proclama sobre el amor libre, desinteresado y no especulativo, se desnuda metafórica y literalmente para proponer a los espectadores un juego de seducción, sincero y neo-romántico, al tiempo que evoca su pasado inmediato apelando a videos, audios y parlamentos que hablan de sí y de aquellos/as que han hecho a su valor sentimental. Lógicamente, la sigla del título -que define su propia condición- es también un nombre, y jugar con él es inevitable.

Keko hace desvanecer la frontera entre lo cotidiano y lo artístico, a partir de situaciones que hacen a la intimidad. Por ejemplo, demostrando cómo a veces lo performático puede aparecer hasta en pleno acto sexual, ya sea para no herir la sensibilidad del otro o la propia. Episodio que, en su caso, suma al propio espectáculo, en un proceso de retroalimentación permanente entre las vidas dentro y fuera de un escenario.
El artista promueve una comunicación efectiva y cálida con su público, a quien recibe en los alrededores de la sala con un caramelo a cambio de un beso en la boca (opcional, pero irresistible). Ensaya unas interesantes analogías entre prostitución y arte; y regala, intertexto cinematográfico de por medio, algunas parodias en torno de la satisfacción sexual y el imaginario que existe sobre ellas. “Hay vía libre para ver en el otro lo que uno quiera. Soy lo que quiero ser, soy lo que quieras ver.” Así es A.N.A. Alejada de toda restricción.
Potencial inmersivo. Más afinado que en su primera edición, algo lógico, el FESTIM se inserta en la cartelera local como una opción con buen margen para su crecimiento. Si bien la provincia ha acogido espectáculos inmersivos foráneos y generado algunos propios, la idea de un festival especializado estaba bastante lejos hasta el año pasado. Las modalidades de participación del público, así como las locaciones, el hecho de manipular objetos, reescribir performáticamente historias, administrar tiempos o poner recuerdos o conocimientos propios al servicio de un espectáculo, son todas posibilidades de un menú impredecible, infinito, que puede dar lugar a experiencias poco comunes, hasta convencer al espectador más conservador, que hay otros mundos de ficción -y no tan ficción- posibles.
Organización inmersiva. Co-dirección: Valentina Lippi y Santiago Silva. Coordinación técnica: Rozeli Espejo. Producción general: Florencia Añes. Gestión de auspicios: Andrea Vargas.


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